EL CIELO
15
La luz y el calor en el Cielo
126.
El haber luz en los cielos no pueden comprender los que piensan
solamente por la naturaleza, siendo sin embargo así que en el cielo hay
luz, y tanta que en muchos grados excede la luz de mediodía en el mundo.
La he visto muy a menudo y también en sus fases la tarde y la noche. Al
principio me asombraba el oír decir a los ángeles que la luz del mundo
es apenas más que sombra en comparación con la luz del cielo, pero
habiéndolo visto puedo testificarlo. Su fulgor y resplandor son tales
que no se pueden expresar. Las cosas que han sido vistas por mí en los
cielos me han aparecido en esa luz, y por consiguiente más clara y
distintamente que en el mundo.
127. La luz del cielo no es natural como la luz del mundo, sino espiritual,
porque procede del Señor como sol, y el sol es el Divino amor, según
queda manifestado en el precedente artículo. Lo que procede del Señor
como sol se llama en los cielos Divina verdad, por más que en su esencia
es el Divino bien unido a la Divina verdad; por ello tienen los ángeles
luz y calor; por la Divina verdad tienen luz y por el Divino bien,
calor; puede por esto ser claro que la luz en el cielo, siendo de tal
origen, es espiritual y no natural; igualmente el calor.
128.
La razón por la cual la Divina verdad es luz para los ángeles es que son
espirituales, y no naturales; los seres espirituales ven por su sol
espiritual, y los naturales por su sol natural. Por la Divina verdad
tienen los ángeles entendimiento y el entendimiento es su vista
interior, que influye en su vista exterior, produciéndola. Por eso las
cosas que aparecen en el cielo procedentes del Señor como sol aparecen
en luz. Siendo tal el origen de la luz en el cielo, varia por lo mismo
allí con arreglo a la recepción de la Divina verdad (que viene) del
Señor, o lo que es lo mismo, con arreglo a la inteligencia y sabiduría,
en las que se hallan los ángeles; es pues otra en el reino celestial que
en el reino espiritual, y diferente en cada sociedad. La luz en el reino
celestial aparece flamante, puesto que reciben la luz del Señor como
sol; pero la luz en el reino espiritual es reluciente, porque allí los
ángeles reciben la luz del Señor como luna (véase arriba, n. 118). La
luz tampoco es la misma en una sociedad y en otra; también dentro de
cada sociedad varia: están en más luz los que allí están en el medio, y
en menos los que allí están a los lados (véase
n.
43). En una palabra, en la medida en que los ángeles reciben la Divina
verdad, es decir, cuanto están en inteligencia y sabiduría por el Señor
(en esta medida), tienen la luz. Por esta razón los ángeles del cielo se
llaman ángeles de luz.
129. Puesto que en los cielos el Señor es la Divina verdad y que la
Divina verdad es allí luz, se llama el Señor en el Verbo Luz, así
también toda verdad que de Él procede; como en los siguientes lugares:
Jesús dijo: yo soy la luz del mundo; él que me sigue no andará en
tinieblas, mas tendrá la luz de la vida
(Juan 8:
12).
Mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo (Juan 9: 5).
Jesús... dijo... aún por un poco tendréis luz; andad entretanto que
tenéis luz a fin de que no os sorprendan las tinieblas… mientras tenéis
la luz creed en la luz a fin de que seas hijos de la luz... Yo, la luz,
he venido al mundo para que todo aquel que cree en mi no permanezca en
tinieblas
(Juan
12:
35, 36, 46).
La luz vino al mundo pero los hombres amaron las tinieblas más que la
luz
(Juan
3:
19).
Juan, del Señor:
Aquel es la verdadera luz, que ilumina a todo hombre
(Juan
1:
9).
El pueblo, asentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los sentados
en.... sombra de muerte apareció luz
(Mateo 4:
16).
Te daré por alianza del pueblo, por luz de las gentes
(Isaías
42:
6).
Te he dado por luz de las gentes a fin de que seas mi salvación hasta lo
postrero de la tierra
(Isaías
49:
6).
Las gentes que estuvieren preservadas andarán en su luz
(Apocalipsis.
21:
24).
Envía tu luz y tu verdad, ellas me guiarán
(Salmo
43:
3).
En estos y otros lugares el Señor es llamado la luz a causa de la Divina
verdad, que procede de Él; de igual manera la verdad misma se llama luz.
Puesto que la luz en los cielos viene del Señor como sol, por esto
mismo, al ser transfigurado delante de Pedro, Jacobo y Juan:
Su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos como la luz, blancos y
relucientes como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los
puede hacer tan blancos
(Marco
9:
3;
Mateo
17: 2).
La causa de que los vestidos del Señor aparecieron así era que
representaban la Divina verdad que procede de Él en los cielos.
"Vestidos" en el Verbo significan verdades; por eso se dice
en
David:
Jehová, te cubres de luz como de vestidura
(Salmo
109: 2).
130. Que la luz en los cielos es espiritual y que esta luz es la Divina
verdad puede deducirse también del hecho que el hombre asimismo tiene
una luz espiritual, y que por esta luz tiene ilustración tanto como se
halle en entendimiento y sabiduría por la Divina verdad: la luz
espiritual del hombre es la luz de su entendimiento, cuyos objetos son
verdades, las cuales arregla analíticamente por orden, formando de ellas
razonamientos, y deduciendo de estos, en series, conclusión sobre
asuntos. Que la luz,
mediante la cual el entendimiento ve tales cosas, es una luz real y
verdadera lo ignora el hombre natural, porque no la ve con los ojos ni
la percibe con el pensamiento: muchos lo saben sin embargo, y la
distinguen también de la luz natural, en la que se hallan los que
piensan naturalmente y no espiritualmente. Naturalmente piensan los que
no miran más que al mundo, y que atribuyen todas las cosas a la
naturaleza; pero espiritualmente piensan los que miran al cielo,
atribuyendo todas las cosas a lo Divino. Que la luz que ilumina la mente
es una verdadera luz, del todo distinta de la luz que se llama luz
natural, me ha sido dado percibir varias veces y también efectivamente
verlo. He sido elevado interiormente por grados a aquella luz, y en la
medida en que fui elevado el entendimiento fue ilustrado, hasta que
percibí cosas que antes no percibía, y finalmente cosas, que ni entender
hubiera podido por el pensamiento de la luz natural. A veces he sentido
enojo por no haberlas podido entender, cuando sin embargo las percibía
clara y distintamente en la luz celestial. Puesto que para la
inteligencia existe (una) luz, se dice del sujeto de ella, como del ojo,
que ve, y que se halla uno en luz cuando percibe; que se halla uno en
oscuridad y en la sombra cuando no percibe, y otras locuciones
parecidas.
131. Por ser la luz del cielo la Divina verdad es esa luz asimismo la
Divina sabiduría
e
inteligencia, por cuya razón lo mismo se entiende por ser elevado a la
luz del cielo que por ser elevado a la inteligencia y sabiduría,
e
ilustrado. La luz en los ángeles está por lo tanto en exacta proporción
a su inteligencia y sabiduría. En la luz del cielo se conocen todos,
cuales y como son; las cosas interiores se manifiestan allí en los
rostros exactamente cuales son, ni lo más mínimo falta. Los ángeles
interiores aman también lo que se les manifiesta claramente cuantas
cosas hay en ellos, porque no quieren más que el bien; otra cosa sucede
con los que se hallan debajo del cielo, y que no quieren el bien; estos
tienen, por lo mismo, grande temor de que se les vea en la luz del
cielo; y, lo que es asombroso, aquellos que están en el infierno parecen
unos a otros como hombres, pero en la luz del cielo como monstruos, con
caras horribles y cuerpos atroz, siendo formas exactas de su mal. De
igual manera aparece el hombre, en cuanto a su espíritu, cuando está
observado por los ángeles; si es bueno presenta aspecto de hombre
hermoso, según su bien; si es malo aparece como monstruo, deforme, según
su mal. Por esto es evidente que todas las cosas se manifiestan en la
luz del cielo; son reveladas porque la luz del cielo es la Divina
verdad.
132. Por ser la Divina verdad la luz en el cielo, resplandecen todas las
verdades en donde se hallan, sea en el interior del ángel, sea fuera de
él, sea dentro de los cielos, sea fuera de ellos. Las verdades fuera de
los cielos no resplandecen, sin embargo, como las verdades dentro de los
cielos; las verdades fuera de los cielos relucen frías, como la nieve,
sin calor, siendo así que no sacan su esencia del bien como las verdades
dentro del cielo; por cuya razón esta luz también desaparece con el
influjo de la luz del cielo, y si hay mal por debajo, se convierte en
tinieblas. Esto he visto varias veces y también otras cosas dignas de
memoria relativas a verdades relucientes, cuyas cosas dejamos de referir
aquí.
133. Ahora se dirá algo con respecto al calor en el cielo. El calor del cielo
es en su esencia amor; procede del Señor como sol, y que este calor es
el Divino amor en el Señor, procedente del Señor, se puede ver en el
precedente artículo. Por esto es evidente que el calor del cielo es tan
espiritual como la luz del cielo, siendo del mismo origen. Hay dos cosas
que salen del Señor como sol: la Divina verdad y el Divino bien; la
Divina verdad se presenta en los cielos como luz y el Divino bien como
calor; pero la Divina verdad y el Divino bien se hallan unidos de tal
manera que no son dos, sino una sola cosa; se hallan, sin embargo,
separados en los ángeles; porque hay ángeles que reciben el Divino bien
en más alto grado que la Divina verdad y hay ángeles que reciben la
Divina verdad en más alto grado que el Divino bien. Los que reciben más
del Divino bien están en el reino celestial del Señor; los que reciben
mas de la Divina verdad están en el reino espiritual del Señor. Los
ángeles más perfectos son los que reciben ambos en igual grado.
134. El calor del cielo es, como la luz del cielo, en todas partes
diferente; otro en el reino celestial, otro en el reino espiritual, y
otro en cada una de las sociedades; allí varia no solamente en grado
sino también en calidad; más intenso y más puro es en el reino celestial
del Señor; puesto que allí los ángeles perciben más el Divino bien;
menos intenso y puro en el reino espiritual, porque allí los ángeles
reciben más la Divina verdad; varia también en cada sociedad según el
recibimiento. En los infiernos hay asimismo calor pero un calor inmundo.
Es el calor del cielo que se entiende por fuego santo y celestial, y es
el calor del infierno que se entiende por fuego profano
e
infernal; y por ambos se entiende amor: por el fuego celestial el amor
al Señor y el amor al prójimo, y todas las inclinaciones que nacen de
estos amores; y por el fuego infernal amor a sí mismo y amor al mundo, y
toda concupiscencia, que viene de estos amores. Que el amor es calor de
origen espiritual es evidente por la calefacción que tiene lugar con
arreglo al amor, porque el hombre se enciende y enardece, según la
intensidad y calidad del mismo, y su fuego se manifiesta al ser
contrariado. De aquí viene también la costumbre universal de decir
encender, quemar, hervir, arder, cuando se trata de las inclinaciones,
que pertenecen al amor del bien, así como cuando se trata de las
concupiscencias, que pertenecen al amor del mal.
135. La causa de que el amor, procedente del Señor como sol, en el cielo se
siente como calor, es que las cosas interiores de los ángeles se hallan
en amor por el Divino bien que viene del Señor, hallándose por ello en
calor las cosas exteriores calentadas por aquellas. Es por esto que en
el cielo el amor y el calor corresponden de tal manera, que allí cada
uno se halla en calor cuanto se halla en amor, según más arriba se ha
dicho. El calor del mundo no entra en manera alguna en los cielos,
siendo demasiado crudo, y además natural y no espiritual; pero en los
hombres es diferente, porque los hombres están en el mundo espiritual
tanto como en el mundo natural; estos, con respecto a su espíritu, son
calentados exactamente con arreglo a sus amores, pero, con respecto al
cuerpo, por ambos calores; tanto por el del espíritu cuanto por el del
mundo; aquel influye en este", porque se corresponden. La naturaleza de
ambos calores puede conocerse por los animales; porque sus amores, de
los cuales el predominante es el de la procreación de su género,
despiertan y obran con la presencia y la afluencia del calor del sol del
mundo, cuyo calor tan solo existe en las estaciones de primavera y
verano. Se equivocan en el más alto grado los que piensan que el calor
del mundo, que influye, excita el amor, porque no hay influjo de las
cosas naturales en las espirituales, sino de las espirituales en las
naturales: este último influjo viene por el Divino orden, pero el
primero es contrario al Divino orden.
136. Los ángeles tienen, como los hombres, inteligencia y voluntad; la vida
de su inteligencia viene de la luz del cielo; porque la luz del cielo es
la Divina verdad y por lo tanto la Divina sabiduría; la vida de su
voluntad viene del calor del cielo, porque el calor del cielo es el
Divino bien, y por consiguiente el Divino amor. La vida misma de los
ángeles viene del calor y no de la luz, sino en la medida en que hay en
ella calor; que la vida viene del amor es evidente, porque separado
este, perece aquella. Lo mismo sucede con la fe separada del amor, o sea
con la verdad separada del bien, porque la verdad, llamada la verdad de
la fe, es luz, y el bien, llamado el bien del amor, es calor. Esto se ve
aun más claro por el calor y la luz del mundo, a los cuales corresponden
el calor y la luz del cielo; por el calor del mundo, unido a la luz, se
vivifica y florece todo cuanto hay en los campos; unidos se hallan en
las estaciones de la primavera y del verano; y por la luz separada del
calor nada se vivifica ni florece, sino que todo yace entorpecido y
muere; separados se hallan en la estación de invierno, estando entonces
presente la luz y ausente el calor; a causa de esta correspondencia el
cielo se llama un paraíso, porque allí la verdad se halla unida al bien,
o sea la fe al amor, como la luz al calor en la estación del verano en
la tierra. Por lo aquí expuesto resulta más clara la verdad, de la que
se ha tratado en su artículo más arriba (n. 13-19); es decir, que lo
Divino del Señor en el cielo es amor a Él y amor al prójimo.
137. Se dice en
Juan:
En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios y Dios era el
Verbo... todas las cosas por Él fueron hechas... en Él estaba la vida y
la vida era la luz de los hombres... en el mundo estaba y el mundo fue
hecho por El; y el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros y vimos
su gloria (1:
1-14).
Que es el Señor el que se entiende por el Verbo es evidente, porque se
dice que el Verbo fue hecho carne; pero lo que especialmente se entiende
por el Verbo no es aún conocido; por lo cual se dirá. En el citado
pasaje,
"el Verbo"
es la Divina verdad que se halla en el Señor y que procede del Señor;
por cuya razón se llama allí también la luz; y que esta es la Divina
verdad queda explicado en lo que antecede del presente artículo. Que
todas las cosas son hechas y creadas por la Divina verdad se explicará
ahora. En el cielo toda potencia es de la Divina verdad, y fuera de ella
no hay absolutamente ninguna. A causa de la Divina verdad todos los
ángeles son llamados potencias, y en la medida en que son recipientes o
receptáculos de ella son también potencias; por ella prevalecen contra
los infiernos y contra todo cuanto se opone; y mil enemigos no pueden
allí resistir un solo rayo de la luz del cielo, que es la Divina verdad;
puesto que los ángeles son ángeles por recibir la Divina verdad, sigue
de sí mismo que el cielo entero no viene de otra cosa, porque el cielo
consiste de los ángeles. El haber tal potencia en la Divina verdad no lo
pueden creer los que de la verdad no tienen otro concepto que de un
pensamiento o de un discurso, los cuales en y por sí no tienen potencia
más que en la medida en que otros, por obediencia, los hacen; pero la
Divina verdad tiene potencia en y por sí misma, y tanta que mediante
ella son creados el mundo y el cielo, con todas las cosas que en ellos
hay; la existencia de tal potencia en la Divina verdad puede ilustrarse
mediante dos comparaciones.
Por la potencia de la verdad y del bien en el hombre:
todo cuanto el hombre obra lo obra por la inteligencia y por la
voluntad; por la voluntad mediante el bien y por la inteligencia
mediante la verdad, porque todo cuanto hay en la voluntad se refiere al
bien, y todo cuanto hay en la inteligencia se refiere a la verdad; por
estos obra por lo tanto el hombre con todo el cuerpo, y mil cosas a la
vez se ponen en este espontáneamente en movimiento al señal y antojo de
aquellos. Es pues evidente que todo en el cuerpo está formado al
obsequio del bien y de la verdad, por consiguiente por virtud del bien y
de la verdad.
Por la potencia del calor y de la luz del sol del mundo:
todo cuanto crece en el mundo, sea árboles, cereales, flores, hierba,
fruta y simiente, existen sencillamente por el calor y la luz del sol;
es pues claro, cuan grande potencia de producir tienen estos en sí,
cuanta no debe tener la Divina luz que es la Divina verdad, y el Divino
calor que es el Divino bien; por los cuales, siendo por ellos formado el
cielo, también lo es el mundo, porque por el cielo es formado el mundo,
según se ha manifestado en lo que antecede. Puede por esto ser claro de
que modo ha de entenderse aquello de que por el Verbo fueron hechas
todas las cosas y sin él nada fue hecho de lo que es hecho, y que
también el mundo fue hecho por Él Mismo, es decir que fue hecho por la
Divina verdad del Señor; de ahí viene asimismo que en el libro de la
creación se habla primeramente de la luz y luego de aquello que viene de
la luz
(Génesis.
1:
3,4), y también es por esto que todas las cosas en el universo, tanto
en el cielo cuanto en el mundo, se refieren al bien y a la verdad y a la
unión de estos para poder ser algo.
139. Hay que saber que el Divino bien y la Divina verdad, que proceden
del Señor como sol, se hallan en el cielo, pero no existen dentro del
Señor, sino que existen por el Señor. En el Señor está solamente el
Divino amor, que es el SER por el cual existen aquellos; existir por el
SER es lo que se entiende por proceder. Esto puede también ilustrarse
por una comparación con el sol del mundo: el calor y la luz que existen
en el mundo no se hallan dentro del sol, sino que existen por el sol; en
el sol hay únicamente fuego, y de este nacen y proceden aquellos.
140. Puesto que el Señor como sol es el Divino amor, y que el Divino
amor es el Divino bien en sí mismo, se llama, para distinguir, Divina
verdad lo Divino que procede de Él
y
que es su Divino en el cielo, por más que es el Divino bien unido a la
Divina verdad. Esta Divina verdad es lo que se llama lo Santo que
procede de Él.
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